Cada amanecer en Oaxaca, cuando el sol apenas comienza a iluminar los valles, nuestros queseros se despiertan con una misión ancestral: crear el quesillo perfecto. Una tradición que ha pasado de generación en generación, refinada con la sabiduría y las manos expertas de maestros artesanales.
El Ordeño - Donde Comienza la Magia
Nuestro proceso inicia con el ordeño artesanal de nuestras vacas lecheras, alimentadas naturalmente con alfalfa, cebada, zacate seco y pasto fresco. De esta forma, cada ordeño produce entre 16 y 18 litros de leche pura, de la más alta calidad. La leche es colada cuidadosamente para eliminar impurezas, preservando su esencia natural.
El Cuajado - Paciencia y Ciencia
La leche fresca se deja reposar para que desarrolle su acidez natural, o se prepara con ácido láctico puro. Luego, se calienta a temperaturas precisas de 34 a 37°C. Se le agrega cuajo - enzimas naturales extraídas de la res misma - que transforma la leche en una cuajada firme. Se mueve constantemente con las manos expertas del quesero, en un movimiento que ha sido perfeccionado durante siglos.
El Estirado - El Arte del Quesero
Esta es la magia. Se agrega agua caliente a la cuajada y se estira manualmente, una y otra vez, hasta que emergen las hebras características que hacen único al quesillo. Cada movimiento es preciso, cada temperatura controlada. No es química industrial, es pura técnica artesanal.
El Acabado - Sal y Perfección
Se añade sal fina (entre 0.7 y 2%) y se deja reposar 10 minutos para eliminar el exceso de agua. Luego viene el trenzado - las hebras se enrollan formando la bola icónica del quesillo. Se deja drenar una hora más, y finalmente se envasa.
El resultado: quesillo fresco, blanco brillante, con esa textura única que se deshace en hebras suaves. Un queso que es sinónimo de Oaxaca, que acompaña desde una humble tlayuda hasta la mesa más elegante.